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De Quimeras y Ensoñaciones

La escalera

La escalera

Acá donde vivo existe una escalera de piedra que a mi me parece muy linda, antigua, clásica, descuidada, semi abandonada, la miro desde abajo, mis ojos trepan peldaño tras peldaño, ascendiéndola, sólo mis ojos, yo no puedo, no me atrevo, incapaz de hollar mis pies más allá del primer escalón, aunque lo deseo, es lo que más deseo en este mundo, poder subir por mis propios medios ese espacio enigmático que dice "ven" , y sin embargo hay como un muro imposible que me retiene acá abajo. Nunca pude subir por esta hermosa escalera de piedra.

Parece imposible de creer, ya sé, algo tan fácil de hacer, que un niño realiza con los ojos cerrados, y yo tan sólo puedo soñarlo. No puedo. Me es irrealizable. No importa, lo sueño y lo tengo. Es mi misterio. Cada día sueño un lugar distinto, lo cambio, lo transformo a mi voluntad, - ya sea mi estado de ánimo alegre ó afligido -, en un reino de hadas ó en lodazal de arcillas malformadas, y vuelo, asciendo hasta el último peldaño de la escalinata y allá mis ojos se inundan del secreto que me esconden mis miedos, a veces, ó mi valores intrépidos de capitán de velero que tras el horizonte de océanos ve tierras llenas de oro y mujeres bellas.

Llego todos los días al pie de la escalera, me despierto, miro los peldaños que suben hacia el cielo y … no puedo, es un más allá del querer y no poder, la resignación se hace opaca, en el sueño de esta noche lo volví a ver, estaba de pie en el último escalón, con los ojos enormemente abiertos impregnados de la magia enigmática que el paisaje se extiende tras lo no visto, y al despertar, la realidad me golpea con la fuerza del desánimo, y sólo recojo los retazos que me llegan, que bajan traídos por el viento, hojas rojas del otoño, que revolotean y brincan a capricho del viento, saltando de peldaño en peldaño, y sueño que más allá de lo alto de la escalera hay un bosque inmenso de árboles de coral con hojas de rubí, ramas de color bermellón, árboles vestidos con su corteza cardenalicia y raíces escarlata que nadan en un mar transparente. En otras ocasiones son granos y granos y granos de arena los que ruedan por la escalera desde el otro lado y el mar transparente lleno de bosques se hace desierto de dunas que cabalgan a lomos de camellos y beduinos sedientos.

No me tachéis de cobarde, si de soñador, ya sé, más allá de la escalera el mundo ha ser igual que el que veo aquí, de un continuismo aburrido, intranscendente, tan diferente a mis sueños imposibles, y he soñado tantos mundos perfectos que la realidad me defraudaría y no sería capaz de aceptarlo. Una vez soñé con que subía la escalera una y otra vez, una y otra vez, bajaba y subía, admiraba los cambios estacionales de arriba y de acá abajo hasta marearme, soñé que ésta escalera que me es imposible subir se hacía mecánica, me colocaba de pie en el primer escalón, me agarraba al pasamanos y levitaba hacia mi deseo, pero era fea, de metal, como las del metro, impersonales, no, no, yo prefiero mi escalera de piedra, aunque no me lleve al final, aunque no me transporte a mi deseo, aunque … , si, sueño de nuevo, es mi escalinata pétrea la que se mueve, a la que le salen alas, - ha sonado una campanilla, a un ángel se las han regalado- , y montado en ella llego más allá, detrás de, al otro lado, contemplar tras una puerta cerrada, ver sin soñar, colores, formas, olores, sonidos, sensaciones, sentidos impregnados de espíritus dicharacheros enriquecidos con la magia del encuentro de lo nuevo y del misterio. ¿Qué queda tras descubrir el enigma? . Otro enigma por descubrir. ¿Qué queda tras el fin de la escalera? . Quizá otra escalera.

Soy un viajero sedentario, trepo escaleras arriba sin subirlas jamás, a veces me pongo a contar los peldaños, uno, dos, tres …, los he contado muchas veces, quizá al otro lado haya una escalera descendente, isométrica, y el paisaje sea idéntico al de este lado, me desilusionaría, ¡ Con la de mundos hermosos que he soñado ¡ .

Juro que un día rompo mis cadenas y vuelo, subo escaleras, sin marearme, contemplo mi universo inexplorado y me lanzo al vacío de los intrépido, lo juro, si, lo haré todos los días, primero subiré un peldaño, luego otro, despacio, sin miedo, el tercero, el cuarto, me pondré de pie, de puntillas, si es preciso me arrastraré cual lagarto, a ellos, a ellos que los veo reptar bajando, tomando el sol, me gustaría preguntarles que vieron más arriba, ó a las aves que cruzan el firmamento en bandadas en V inclinada, no sé hablar el lenguaje de pájaros ni de ardillas, les preguntaría a ellos que es lo que vieron.

No ataquéis mis razonamientos con la ciencia del género humano, mi simplicidad en experiencias se antoja corta, a pesar de mi edad legendaria, no notéis mi mensaje errabundo e indeterminado, soy principio, no final, me amoldo a mi condición de ser, mi diversidad persistirá en la igualdad de este código estrenado en la imaginación de mi región gris y desgastada, erosionada por mis ambiguos pensamientos solitarios de músico sin partitura, de pianista sin piano.

Soy principio, y seguiré soñando.

Soñando historias que transcurran al final de una escalera por la que nunca treparé.

No importa, de veras. El principio nunca será final, lo sé, aunque sueñe en llegar, aunque su objetivo sea alcanzar la meta, es tan sólo el primer paso, un impulso dado.

Soy principio, simplemente eso, soy umbral, soy …

Soy el primer peldaño, el primer escalón de esta preciosa escalera de piedra.

 

 

El graffitero

El graffitero

Según todos los vecinos, se le parecía un poco, cierto es, pero la tranquila aldea se les había convertido casi en un recinto de ferias que no agradaba a nadie. Al principio de aquella historia los más escépticos se frotaban las manos, a sabiendas del negocio turístico que aquella superchería atraería. ¿Quién iba a imaginar que aquel cuento para adultos pondría el pueblo patas arriba?

Había pintado la pared con un color verde césped, toda ella selvática, agreste, campera, luego tomó con la mano derecha el spray de color negro y se pintó la palma de la mano izquierda de ébano, la cual apoyó en la pared para dejar su impronta, su marca, su emblema de pintor urbano, su firma era una mano negra sobre un fondo verde, y el césped se lo tragó, dejó de ser tridimensional para ser bidimensional, un plano horizontal, fundido en verde, atrapado en hierba, un dibujo en una pared, en el cuento que hizo del tranquilo lugar la peregrinación de gentes aburridas y folklóricas, que narraban a su manera y de mil formas distintas lo que allá encontraban. Al joven graffitero lo había capturado su propio muro, su lienzo de trabajo artístico se lo comió, era tal cual si el artista se convirtiera en la propia obra, un autorretrato para inmortalizar al propio autor. Así lo notaban y sentían todos.

En un rincón de aquella misma pared alguien colgó su retrato, - un familiar, un amigo quizá - tamaño folio, en color, le representa a él, a un jovenzuelo picado de pecas, con un bote de pintura en la mano y ojos despiertos, y la palabra desaparecido, debajo. Si alguien pudiese dar razón de su paradero, se ponga en contacto con el cuartel de la guardia civil más próximo ó llamando a un número de teléfono que allá figuraba. Unos dicen que si, que se le parece, que la imagen pintada en la pared es clavada a la de la fotografía, otros dicen que ni en pintura, otros opinan que se ha acabado la tranquilidad con esta inventiva propia de picaresca del siglo XXI. Y no deja de ser cierto, sin embargo, que si le miras los ojos, desde el amanecer hasta el crepúsculo, los verás correr, sus pupilas se desplazan de un lado al otro del muro, como si cobrasen vida, y su mano pintada de negro parece arañar por dentro, la pared, como si quisiera salir.

La prensa local se hizo eco del evento, el negocio era redondo, verano, turismo rural y barra libre en el bar, que por circunstancias "meramente casuales" había estrenado un sin par personajillo unos días atrás del inédito suceso, su terraza se amplió, las mesas de la tasca se llenaban de curiosos atraídos por la rumorología que divagaba sobre un joven que había desaparecido en extrañas circunstancias y su imagen se hallaba grabada nítidamente sobre un muro cual si se lo hubiese tragado, y un mago brujo hechicero de perversas intenciones le hubiese condenado al castigo condenatorio de un fondo muerto.

Viento en popa a toda vela navegaba el bergantín copero y cafetero, tapa tras tapa, caña tras caña, las gentes llegaban, miraban, preguntaban, curioseaban, y dejaban sus monedas tras su partida, en la caja registradora de aquel local. Buen ojo aquel negocio. ¿Engaña bobos? , ¿Engaña necios? .

La bola de nieve siguió rodando, más que bola, era bulo, de la prensa local saltó a la provincial, a la comarcal, y un día la prensa nacional le hizo un hueco, eco del hecho, una bola enorme que atrapaba en su rodar todo bicho viviente y lo atraía, subyugándolo, absorviéndolo, incitándolo a visitar el misterio, a visitar el pueblo, a llenarlo de un turismo sediento, una bola bulo que no sabía que más allá del camino, el camino acababa en precipicio, una bola de nieve a la cual la pendiente, el desnivel, cegaba, la convertía en una tonta solemne, una bola de nieve prepotente, orgullosa y tonta que seguía un camino, el camino acababa en precipicio y la tonta bola continuaba, el camino tenía un nombre, el misterio más grande para los ignorantes y el fraude para los intransigentes, uno de los cuales, extrañamente, era el alcalde del lugar. La pedanía tranquila se convirtió para él en lugar de risotadas a su espalda, negocio chulesco, aprovechados mangantes, cantamañanas y buitres carroñeros que parasitaban los bolsillos llenos de bobos turistas que creen en cuentos, y a pesar que las arcas del ayuntamiento engordaban a raíz del suceso, hizo bandera de su honor, voto de pobreza y desfacedor de entuertos, ya que nadie iba a convertir su pueblo en el hazmerreír y vergüenza de la picaresca ajena. Por la dignidad de un pueblo, contra la superchería de espabilados ganapanes y tunantes farrulleros que se reían con tretas de gamberros de todo un pueblo que tan estoicamente desde su puesto de mando se dignaba gobernar. E hizo de aquel acontecer su propia lucha personal. Limpiar el honor, pobre pero decente, íntegro y noble, sano y fresco, alejar los deshechos lejos, su lucha particular comenzó al notar que aquel bulo de nieve era tan enorme que podría llevarse todo el pueblo por delante, y movió hilos, movió sus peones de ajedrez en el tablero del juego, acá y allá habló, buscó, indagó, certificó con maestría sus dones de mando en el mundo del hampa, rastreó en los bajos fondos de negocios prósperos, de manos negras, de dineros negros, de sobres sobre sobornos, y saboreó su paladar con el olfato de un perdiguero.

Un día que amaneció tranquilo en el lugar, tras sus pesquisas haber salido vencedoras en buena lid del reto que se atrevió a afrontar, ese tranquilo día de finales de septiembre, el desaparecido se hizo presente por las calles del pueblo, reía, palmeaba las espaldas de unos, entrechocaba las manos de otros, abrazaba a los menos, besaba lascivamente a las mujeres, aceptaba complacido invitaciones a chatos de vino y jarras de cerveza, y se jactaba de ser tan popular, extrañado de su propia fama.

Contó que se fue del pueblo ha hacer fortuna a la capital, esa era toda la historia, se ahogaba en aquel humilde y aburrido lugar y decidió escapar.

Poco a poco todo regresó a su cauce, los salmones remontaron las aguas bravas para desovar en sus orígenes, y el pueblo se aisló de nuevo en su letargo de dormido perezoso que sueña con paredes pintadas de verde que atrapan artistas en sus redes.

Nadie se hizo eco del hecho, nadie reparó en ello, pero lo cierto fue que ese tranquilo día de finales de septiembre, del alumbramiento de la buena nueva de la venida del hijo pródigo al pueblo, en la pared del artista, sobre un fondo verde hierba, tan sólo se perfilaba una mano negra, ni rastro quedaba de la efigie del artista callejero.

 

 

 

Ceniza índigo

Ceniza índigo

Ir despacio, quería diluir en alcohol su vida presente, su hoy difunto, su peor estreno de puesta de negro -sentido, interno, propio -, quería olvidar despacio, ahogar el día en un recuerdo pasado.

Velar la noche en su compañía aun le confería esa confusa idea de irrealidad, de negación, de rechazo, un desdén de pesadilla a su cadavérica figura, allá recostada, sonriente, hermosa, maquillada, yaciente, a su lado, tan cerca que podría abrazarla, sus ojos, sus ojos cerrados para siempre le confundieron, no recordaba el color de sus ojos, eran oscuros, azul ceniciento, ceniza índigo, lo sabía, -¡Los había mirado tantas veces!-, y sin embargo ahora no los presentía, no percibía el color, no los soñaba, se escondieron tras sus párpados bajados cual celosías en las ventanas de una casa en ruinas.

Entró en otro bar, cabizbajo, ausente, sin ver a nadie, su corbata negra impecable, su porte digno, su edad madura, atraían miradas perdidas de cachorros ociosos de risas forzadas entre la niebla alucinada de sus pitillos artesanales.

Apenas recuerda de esa mañana de luto los abrazos que dio ó las manos que estrechó, las caras compungidas, las miradas húmedas, las palabras ausentes de ánimo, las tranquilizadoras, las acompañantes, las halagadoras, las tristes, las fingidas, las formarles, las políticas, las huidizas, todas tan artificiales como su talante adusto y complacido, firme, impasible, frío, el amo de un laberinto que conserva su templanza y fortaleza ante el terremoto que fusila sus paredes, que no se aviene a tristezas ni lamentos, que no entrevé sus miserias a ojos ajenos ávidos de compasión, de lamentos, de derrumbe, que cautiva con su mirada perdida, una mirada extraviada, tan igual y tan distinta a las demás, que divaga, la de alguien que tan sólo piensa en otra dimensión de matices, en el color que no puede captar, que no logra pintar, que no ve con los ojos del día, el color de otros ojos tapiados, de otra mirada ida, ausente, fenecida.

Las risas juerguistas le han echado del bar tras dos cervezas mal apuradas, olvida despacio, camina deprisa, busca en la noche otro cobijo decente donde perder el aliento y volar sin recuerdos, pausado, una rapsodia in crechendo, un final de un acto que acabó hace rato.

El tanatorio estaba concurrido con gentes pintorescas enlutadas y parlanchinas que aturdían el entendimiento y oprimían la luz del silencio con besos y preguntas, con dudas y respuestas, con una biografía de una vida que yacía entre algodones de una caja forrada de perdidas promesas hechas al viento del pasado pérfido que traicionero segó la vida sin darle tiempo a una despedida más futura, más avanzada en el tiempo, tras sueños logrados.

Tras aquel otro bar - donde su rústica palabra de campesino urbano ofendiese como una jauría de hienas la razón de unos mortales pagados de sí mismos, sufridos moradores de horas improductivas en suburbios donde el alcohol es más una forma que una distracción, hastiado de no hallar respuestas a sus ingenuas mentiras, sus piadosas y tercas convicciones de no afrontar la realidad, de conseguir el olvido, el vacío – sus pasos torpes y beodos le encaminaron a otro lugar, el principio de la libertad que había estado buscando tras tubos de cerveza y barras de bar.

Seguía sin ver con sus ojos el color de los de ella.

De loco, de loco le hubiesen tachado si supieran que ideaba con abrir la caja y retirar sus opacos párpados para verlos y retener su mirada, grabarla en un rincón de su alma, de loco, loco que aparentaba calma, que conversaba circunloquios en los que no decía aparentemente nada.

Pronto vendrán a buscarla.

Empujó la puerta, las maderas del local crujieron bajo sus fuertes pisadas, la barra del bar de aquel nuevo local se le antojó tan lejana que creyó no poder llegar, unas cuantas cervezas más y ya no recordaría nada, su éxito al alcance de unos vasos de cristal rellenos de espuma cuajada de estrofas adormecidas con aroma de lejanas batallas perdidas en arenas de desiertos vacíos, sin nada. Sus ojos no veían más que sombras sentadas alrededor de mesas adornadas con banderillas de sangre y trozos de hielo nadando en piscinas sin dueño. Tras la barra otra sombra le conminaba a dejarlo mientras él argüía que su dinero era tan bueno como el del resto de la gente de la sala y seguiría bebiendo hasta borrar sus recuerdos ó caer muerto.

Invitó a todos a una ronda. El murmullo de agradecimiento hostil le dejó indiferente.

Cuando no pudo detener el carrusel que giraba en derredor suyo, supo que lo había conseguido, ser el vencedor de la apuesta cuyo premio era el olvido por unas horas, pero fueron no más que segundos.

Tras la barra del bar, dos manos heladas sujetaron las suyas, el carrusel que hacía girar todas las cosas se detuvo de forma tan brusca que sin ese anclaje de hielo sobre sus muñecas hubiese besado el suelo desde lo alto de su caballito de cartón. Recuperó la lucidez. Maldito Idiota. ¿Qué hacía sobrio?. ¿Quién le había estado dando café?. Quería olvidar. Olvidar, olvidar.

No había pedido ayuda ni la necesitaba, menos de un extraño de un no tan extraño bar, se apresuró a sacudirse aquellas férreas manos frías de encima con un aspaviento que denotasen enfado y enojo, apoyado en expresiones verbales socarronas y petulantes, pero allí no había nadie. Nadie sujetó sus manos para no caerse. A nadie insultó con sus improperios. Nadie fue el benefactor de su invitación popular. Estaba solo en aquel antro mal ventilado.

Miró tras la barra del bar y allá tan sólo vio flotando unos ojos ceniza índigo que le miraban taladrándole, reales, palpables, los veía penetrando en sus propios ojos, en una mirada inversa, hacia dentro, buscando un acomodo en su interior, en un cofre sin llave, en un momento sin olvido.

Guardó aquel color para siempre.

Pasaron los minutos, las horas, conservando intramuros aquel color, haciéndolo suyo, vivido, eterno.

  • Sabíamos que te encontraríamos aquí – Les oyó decir- Vamos, papá, vámonos a casa-

Tras la puerta cerrada de aquel no tan desconocido bar que quedaba atrás, alguien había escrito sobre un anodino folio en blanco con manos temblorosas y frías : "Cerrado por defunción".

 

 

Un, dos, tres, al escondite inglés.

Un, dos, tres, al escondite inglés.

María no conocía a la nueva amiga de su hermana, era de su misma estatura y vestía muy elegante para aquellos barrios obreros, era muy blanca, rubia, de ojos indefinidos, ese tipo de niñas que no encajaría en un entorno como aquel, y sin embargo parecía moverse como pez en el agua entre aquellas pequeñas inocentes y juguetonas criaturas.

El parque donde jugaban estaba al lado de casa, sus padres las dejaban jugar y corretear solas por allí, siempre a la vista de sus ventanas, hasta el incidente de aquella tarde de mediados de julio cuando la fantasía de las dos hermanas desbordó el razonamiento de la mentalidad adulta. Era el segundo día que María veía a la nueva amiga de su hermana, el día anterior habían estado hablando muy poco tiempo, -su hermana mayor era muy celosa de sus amistades - y tan sólo para decirse sus nombres, ¡Vaya nombre! , ese no era un nombre de niña, ni siquiera lo recordaba hasta que su hermana la llamó para jugar y la mencionó en voz alta, Dafne, se llamaba Dafne, era raro, su nombre y ella misma eran extrañas, pálida, limpia, atenta. Es mayor, pensó, todas las mayores son raras, y además abusonas, María no quería hacer de madre, pero ó lo hacía ó no jugaba, y hoy no habían venido sus dos amigas gemelas del colegio, mejor hacer de madre que aburrirse.

El parque estaba bordeado de pinos y el suelo era de tierra pisada, con bancos, setos bajos formando borduras e islas de hierba, de tréboles y con sendas anchas, con un par de columpios y un tobogán, y en el centro, una caseta de piedra que María nunca supo para que se utilizaba pero que a ellas les servía de pared, de base para sus juegos.

María se situó junto a la pared, su hermana y Dafne se alejaron unos pasos.

- Más lejos, más lejos. No tan cerca. Más aún. – les gritó- Estáis cerquísima.

  • Aquí ya está bien – le respondió su hermana-
  • No, más aun, otro paso atrás, otro – Ya que tenía que hacer de madre, no iba a permitir que jugasen con ventaja, eso nunca –

Cuando María se dio por satisfecha y ambas niñas se hallaban colocadas a su gusto, empezó el juego, se dio la vuelta, de cara a la pared, apoyo su brazo derecho en la misma y sobre este su cabeza, y empezó a recitar en voz alta:

  • Un, dos, tres, al escondite inglés, sin mover las manos ni los pies.

Nada mas hubo terminado de hablar, se dio la vuelta con toda la prisa que pudo y las miró, habían dado un par de pasos hacia ella y estaban quietas, sin moverse, allá lejos todavía, en posturas diversas, pero estáticas, firmes, María pensó que era aun muy pronto para pillarlas. Se volvió de espaldas y repitió la frase, seguido de su rápido revés para mirarlas, su hermana se había adelantado un paso por delante de Dafne, pero ambas parecían árboles del parque, apenas se movían, y si lo hacían, ella no era capaz de apreciarlo, se quedó mirándolas un ratito, pero nada, era tontería, las intentaría cazar más adelante. Se repitió la escena. María recitó su frase, se volteó y vio a su hermana muy cerca de la pared, inmóvil, quieta, en delicado equilibrio, con un brazo extendido, pero firme, Dafne estaba muy erguida, parecía una modelo de pasarela, varios pasos atrás, María hizo un amago de volverse hacia la pared y se giró para pillarlas desprevenidas, pero ambas niñas no se había movido de sus sitios. Se puso de nuevo cara a la pared y esta vez quiso recitar la frase más aprisa, pero no pudo, cuando terminó de decir la sigla ..glés, oyó la voz de su hermana que gritaba "Por mi". "Salvada". Se desatendió de ella, puesto que había llegado a la pared y miró a Dafne, seguía allí en medio, quieta, sin moverse, en la misma postura de la vez anterior, la observó durante unos instantes, mientras hacía desprecios a su hermana y a su arrogante forma de celebrar el haberse salvado sin que ella la atrapase en un movimiento, con vítores, carcajadas y aplausos, se dio la vuelta y volvió a contar, un, dos, tres …. Se giró y … Dafne seguía en el mismo sitio y en la misma postura, allá en medio, plantada como si fuese un árbol. Su hermana se había ido, canturreando, alegre, con el ánimo que embarga a los vencedores, y la vio como se balanceaba sobre los columpios, a la espera de un nuevo turno.

  • Te tienes que mover, sino es aburrido- le dijo María a su nueva amiga, y se volvió de espaldas para contar otra vez –

Esperó unos segundos después de terminar su frase y se volteó con premura. Dafne no había cambiado de postura y su hermana estaba ahora junto a ella, pero … no, no era la amiga de su hermana, allí, en medio del parque, donde antes había visto a la niña, ahora había un árbol pequeño de hojas lanceoladas. Corrió hacia allá, le dio una vuelta entera al árbol y dijo :

  • ¿Dónde está? .
  • Vamos a casa, María, se lo vamos a contar a mamá.

Nadie les creyó, ni mamá, ni papá, ni el abuelo, nadie, ni aun siquiera cuando papá se acercó con ellas a ver el árbol del parque.

- Es un laurel, un árbol muy bonito, lo han debido de plantar esta tarde, mirad niñas, han dejado el contenedor ahí tirado aún, la maceta donde estaba plantado en el invernadero, la tierra está recién removida y veis, han excavado más agujeros para plantar nuevos árboles por todo el parque. Las niñas no se convierten en árboles.

La única cosa que el padre de María no llegaba a entender de aquella historia inventada por sus hijas, era la relación entre el nombre de la niña inventada, Dafne, ya que nadie les había visto jugar con ninguna niña que no fuese del barrio, y un laurel. ¿Quién les habría hablado a sus hijas de mitológia? , supuso que alguien lo hizo, tal vez en la tele, en forma de dibujos animados, y no le dio más vueltas.

Esa misma noche, María y su hermana salieron a escondidas de la casa, cuando todos dormían, el parque estaba vació, el laurel estiraba sus ramas hacia la luna, y María daba vueltas y vueltas a su alrededor como si hubiese una puerta secreta que descubrir en el enjuto tronco del árbol por donde Dafne había desaparecido, nada sucedió, nada vio. Su hermana las miraba a ambas, a ella y al laurel, callada, sorprendida, adormilada. María tenía ganas de llamar a gritos a la niña desaparecida, pero eso llamaría la atención y ellas habían salido a hurtadillas de casa, nerviosa, se acercó a saltitos a la pared, se apoyó contra su brazo y empezó a contar , un, dos, tres …. Y al darse vuelta notó que el árbol había cambiado, las ramas altas ya no apuntaban hacia la luna, sino hacia la pared, hacia ella, volvió a probar de nuevo, un, dos, tres, al escondite ingles …y al girarse vislumbró una figura mitad árbol, mitad niña, tan sólo fue como en un destello, en un relámpago, en medio de las luces macilentas de las farolas del parque, se volteó de nuevo sin querer ver más, un instinto infantil le decía que debía seguir jugando al juego y esta vez cantó la frase de la forma más lenta que nunca jamás lo hiciera, sabía que tenía que darle tiempo, y luego se volteó con las manos en los ojos, miró a través de sus dedos y allá estaba Dafne, cogida de la mano de su hermana en mitad del parque y ambas saludándola muy efusivamente. El pequeño laurel ya no estaba.

Sus padres las encontraron esa noche, jugando solas en el parque, contentas y divertidas. No fueron demasiado duros.

Según los mayores, una chiquillada, a las dos niñas no les había gustado que plantasen un árbol en medio de su parque de juegos y por ello lo habían robado.

Los mayores, nunca entenderían nada.

 

Triángulo escaleno

Triángulo escaleno

… dícese de aquel cuyos lados son todos desiguales, curioso, juntos, pero no iguales, condenados a entenderse para no romper su estado, pero tan distintos que apenas gastan sueños idénticos.

Recuerdo un triángulo isósceles que conocí un día, era perfecto, era un mundo feliz, tenía sus tres lados iguales, sus ideales eran los mismos, sus ambiciones idénticas, y sin embargo era tan, tan aburrido, predecible, sin encanto, puedo deciros que su vida era anodina y previsible, siempre una línea recta, segura, sin salirse de los márgenes, estudiada, planificada, nunca un grito por encima, nunca una payasada ó una patada en un trasero equivocado, pero tenía algo que me atraía, su familiaridad, su compañía a tres bandas, su igualdad a tres, pero al mismo tiempo era lo que odiaba de ese engreído y estirado isósceles, si bien es cierto que conocí otros con tan sólo dos lados iguales, los cuales eran más comunes, incluso podría decir que vulgares, estos me resultaban incluso más antipáticos, más inclusive que el raro espécimen de isósceles de tres lados iguales, era difícil encontrar a uno que no dejasen al margen al lado distinto, odiaba esa actitud de prepotencia de dos contra uno, no, lo siento, no podía aguantar tal injusticia, si el lado distinto era más pequeño que los dos iguales, era el primero de ellos sometido a una atroz persecución y escarnio por parte de sus hermanos, que le tachaban de debilucho, frágil, fofo, un blandengue, e incluso inservible, cuando ellos mismos sabían que no existirían sin él, pero ahí radicaba su poder, en hacerle sentirse inferior y sin valía.

Si era al contrario, si el lado distinto era mayor, los dos gemelos se complacían en vilipendiarle por ser un abusón, un dictador ó un déspota opresor, alguien con grandezas de ambición, un cacique de pueblo, un tirano Banderas avasallador y absolutista, intransigente e intolerante reyezuelo. En ambos casos, el lado distinto acababa siendo un lobo estepario, como un solitario corredor de fondo que nunca ve la meta al final de su carrera atlética.

Por ello odiaba a los isósceles.

Yo era escaleno, era tres y era uno, era divertido ser así, a veces estábamos los tres de acuerdo, otras, dos si y uno no, y las más, estábamos los tres lados totalmente en desacuerdo, pero obligados a vivir encadenados por tres puntos, era un escaleno oblicuángulo, sin un solo ángulo recto, era feo, que le vamos a hacer, la belleza la tenían los rectángulos, era fácil enamorarse de esas espectaculares formas de espaldas rectas y vientres hipotenusados, y de la misma forma que uno se enamoraba de ellas, de la misma forma era rechazado, feo, pero simpático, decían, vaya, realmente engreídos los triángulos rectángulos, eran … eran … la gente guapa de los triángulos, pijos y descerebrados, con clase decían ellos, y era muy difícil entrar en su grupo, eran los populares de todos los libros, dotados de prestigio y fama, aparecían en todas las fiestas, en todos los cuadernos y bloc de dibujos de niños y pintores, de editores y artistas, de aquellos que buscaban la perfección en las formas, pues ea, que les den, que con su pan se lo coman. Eh, no, no piensen mal, yo no estoy celoso de ellos ni siento envidia, ¡ Qué más quisieran ¡, unos pedantes estirados … (bueno, quizá un poco si que siento) , pero me atribula su elegancia, su postura estirada, su ripipi ser, su engominado estado, sus normas rígidas, su protocolo estúpido y su letanía de ser y estar siempre arreglados y de punta en blanco, a mi, que me dejen ser libre, con la camisa por fuera, zapatillas de deporte, y vestir de sport, a un escaleno no se le smokin_tona, ni se le encorbata ni empajaritan, no, ni hablar, ah, y por supuesto que jamás dejaría de pelar naranjas con las manos ó usar los dedos para untar el pan en los huevos fritos ó para comer el pollo.

Sólo un pero a mi estado, a veces no avanzo. Me estanco, cuando los tres se hacen cabezotas y cada uno tira para un lado, de resultas que nos quedamos parados en el mismo sitio, y es cuando surge mi plena belleza, de mi estado de tensa quietud, de calma borrascosa, de ahí surge el diálogo, la palabra se hace hueco en mitad nuestra, se debate, se critica, se conversa, surge la controversia, la polémica está servida, alguno suelta su perorata, otro le replica, se discute, se hace dialéctica y de ella surge como de una manantial, el acuerdo, y del acuerdo la acción y lado a lado vamos triangulando nuestra geometría.

No, por nada dejaría de ser un escaleno.

 

 

Nos vemos pronto

Nos vemos pronto

María permanecía de pie junto al quicio de la puerta, asemejaba a suerte de princesa bailarina esperando su Romeo, orgullosa y a la vez melancólica, altiva y al mismo tiempo afligida, sostenía el tirador de la hoja de roble macizo con una mano, mientras la otra sujetaba la barra de metal que hacía de asa de su bien cuidada maleta que en tantos viajes le había acompañado, pero esta vez parecía diferente, como algo que acaba, un final del camino sin vuelva atrás, como un adiós sin retorno, esa ridícula sensación de dejarlo todo, marcharse, no volver, siempre había odiado la palabra "Adiós", y ahora la sentía muy dentro. Cuando se despedía de algo ó de alguien usaba un "Hasta pronto" ó un "Hasta luego" ó incluso "Nos vemos pronto", otras veces un sencillo y simple "chao" cuando se hallaba aplanada y no se sentía con ánimos de usar más palabras, pero se resistía a decir "Adiós", una manía psicótica que ella había grabado entre sus recuerdos como de una despedida sin regreso, y hoy, ahora, miró por última vez las paredes de aquella casa, su casa, el recibidor pintado de un rosa anaranjado que le daba un entrañable aspecto a calidez, a confort, a ambiente de puesta de sol, crepuscular, acogedor y romántico, con su espejo sobre el aparador donde tantas veces se retocara su peinado al salir, y sus pequeños y cariñosos peluches mirándola y queriéndola, miró más allá, el salón, aquel sofá mullido donde había pasado alguna íntima noche de loca pasión, su pequeña biblioteca con libros selectos y … su mente se rebeló contra la huida de aquel lugar, el mar plácido de sus ojos se transmutó en tempestad, una galerna estalló en su mirada, sus ojos se hicieron borrasca que manejaban a su antojo a un frágil barco que navegaba dentro de ellos y una ráfaga de viento hizo que a través de una tromba de agua se precipitara fuera de su cuenca y unas lagrimillas traidoras atravesaron el tupido bosque de sus pestañas y resbalaron por el sinuoso cauce de sus mejillas, transcurriendo por el delicado tapiz de su piel, cual si de un salvaje río de montaña se tratase, cristalino, puro, vigoroso, por el valle que se formaba junto a su chata nariz, por allá corrían a su libre albedrío un par de saladas balas de plata.

Abandonaba su hogar, partía lejos, unas pocas pertenencias en su vieja maleta, y miles de recuerdo allá dentro, le embargó la soledad en el rellano de su hogar, el miedo, el olvido, allá, de pie, temblorosa, repasó quedamente aquello que dejaba y lo que se llevaba, era poco, ella no necesitaba apenas nada, tan sólo unas caricias, unos besos, unos abrazos, unas palabras bonitas, eso era tan sólo lo que hubiese querido encerrar en su maleta de cristal, lo material le era innecesario, superfluo, indiferente. La puerta se fue cerrando muy , muy despacio, sus ojos querían ser las lentes de una cámara de vídeo que grabase en su cerebro hasta los más mínimos detalles de aquel hogar del cual se resistía a abandonar, su parcela de intimidad, su techo, su pequeño mundo, su ciudad, su hogar, dulce hogar.

Cuando la puerta le privó de todos sus recuerdos, giró la llave en el bombín hasta tres veces y al sacarla la depositó sobre la palma de su mano, se quedó mirándola unas décima de segundo, la apretó fuerte sobre su puño cerrado y dándose media vuelta empezó a bajar las escaleras.

Recuperó su aplomo, sus nervios a flor de piel se esfumaron, su vitalidad natural reapareció como el brote de una semilla en primavera, era como si una mano mágica le hubiese dado cuerda al mecanismo de un juguete y éste se hubiese puesto a andar alocadamente por encima de una alfombra, así ella parecía, como una mariposa recién salida de su crisálida, liberada, altanera, arrogante, incluso feliz, con su porte juvenil y enérgico bamboleando su caderas.

Había cerrado una puerta allá arriba. Se sentía libre. Como si estuviese abandonando una cárcel de oro y terciopelo.

Desde el interior del portal observó a dos hombres hablando junto a la acera, uno de ellos era Andrés, el portero, el otro estaba de espaldas, ella se detuvo previamente junto a los buzones y depositó las llaves en uno de ellos, aquellas llaves que otra persona recogería esa misma tarde, Andrés no le reportaba demasiado confianza, tenía fama de cotilla y chismoso, hubiese podido dejarle a él las llaves, pero no tenía necesidad de hablar con nadie acerca de su partida.

Un taxi la esperaba con la puerta abierta.

 

- Ay que ver como son la mujeres, Andrés – habló aquel otro individuo que compartía acera con el portero, junto al taxi- Se tiran media hora para arreglarse y pintarse , y le dan mil vueltas a la casa antes de salir. ¡ Cómo si no fuesen a volver nunca ¡ .

¡ Qué no son más que quince días de vacaciones¡. ¡ Venga por dios, María, date prisa ¡. Hace media hora que está esperándonos el taxi y vamos a perder el vuelo. Y Usted, Andrés, cuídenos bien la chabola, aunque nuestro hijo se queda en casa, pero el muy cabroncete siempre está fuera. ¿Le has dejado la llave en el buzón? .

 

 

Cuando las musarañas no toman alcohol

Cuando las musarañas no toman alcohol

Me he decidido a ser barroco, (esta palabra me trae a la mente otras palabras que ahora os miento, de barroco se me invoca un bar, una roca, un párroco, un pajarraco, el barro) , decidido y dedicado a ser retorcido, endiablado, ininteligible, a verter ramas sin hojas entre bosques de fauces de cobre que manen cascadas de fuego, dragones sin princesas, rojos sobre añiles, desteñidos artilugios que no vuelan, que trepan muros de arcilla rellenos de termitas, ¿no me entiendes?, es lo que pretendo, que sueñes, que no me leas, que cabalgues por do quiera, por tus mundos de hierba, presta ojos a las letras, pero vuela, yo te doy una palabra, tú alza tu mente abierta hasta el escenario donde se representa la magia de la verdad, retrocede, te encuentras en un pupitre, una escuela, desaparecido los alumnos, miras más allá de los cristales, no oyes la lección de ciencias naturales, vagas por el jardín del parque, te pones a jugar con los gorriones, a brincar entre la senda perdida, y notas en ese instante el dolor, inesperado, traidor, injusto, violento, te han cruzado la cara, una bofetada del maestro que riendo te ha preguntado si pensar en las musarañas te servirá para saber donde nace el río Tajo, y unas risotadas y unas lágrimas de porcelana y sueños rotos y la letra ensangrentada que expulsa a las musarañas, huidizas y secretas, y sale la rabieta encadenada que grita libertad. Rompiendo esquemas, volteando las piedras del camino, un abrazo en medio de un charco, un capuchino cremoso en el hemisferio con tiramisú, corretean musarañas entre las piernas, un beso a destiempo, el tiempo que anda de puntillas hacia atrás por el andén de la estación donde respira traviesa una aviesa princesa que está perdida en medio de la ciudad vieja, por calles solitarias, estrechas, iguales, laberínticas, sin modales, casas con identidad cuajadas de balcones donde lanudos perros blancos le ladran al son de una eterna decisión, bajan rosas por la cuesta, suben tamarindos hacia la iglesia, ay, que linda me pareces, no divago, desvarío, delirio, consumido por la fiebre del presente, acá, venga usted, compadre, que ahorita le presento a esta linda mujercita, es sumisa, buena chica, tiene un talento, dos talentos, tres talantes, es pedante, iluminada, hace malabares, teje cuadros en ruecas de pedales, que me encierren en un convento, rezaré por maitines y … , una leche, ¡ Todos y todas van vestidos iguales ¡ , quiero queso fundido, pan recién hecho, un beso, un viaje, ningún tatuaje, un paseo muy lento, un paraguas de talco transparente para mirar y que nos mire la gente, buñuelos de viento, huesos de santo, don Juan representado, la torre del homenaje galopando sobre los tejados, una cigüeña de pie esperando, arriba y abajo, es el momento, no un invento del tiempo, ahora, sueña con la playa, agua verde, verde sol, todo verde, hasta las miradas, incluidos los deseos, pintemos musarañas verdes con patas verdes y lengua verde, las escondemos en el jardín y nos ponemos a buscarlas, una caricia para quien la encuentre, vale tumbarse en la hierba y retozar y dar vueltas y dormir, no se vale llamarla por su nombre ni hacer trampas, ni usar un imán atrapa musas, se puede mirar entre las hojas del olivo, sin arrancar olivas, ó detrás de la oreja, sin morderla, me palpo la frente, está caliente, los labios abultados, las mejillas sonrosadas, una musaraña verde baila dentro de boca, haciéndome cosquillas en la lengua, se baña entre espuma de mar, toca las teclas de un piano al pasear por entre encima de mis dientes grises y desafinados, y por colofón usa mi campanilla como badajo de campana que repicara en una dulce mañana de un otoño señorial y campechano, ay, loca de vos, has querido encontrarla, atraparla con un beso, vuestros labios en los míos, y vuestra lengua la buscaba entre mi lengua, entre mi paladar goloso y ella se ha hecho aguadora, ha colocado su cántaro de néctar sobre su hombro desnudo de plata y lo ha derramado desde lo alto de la más alta torre del palacio hacia el foso negro donde habita la bestia sedienta del néctar, ambas se han puesto a jugar al ajedrez, musaraña y bestia, ¿Qué haces aun besando?, ella ya se fue de la boca, tunanta, el polvo del camino se hace frío en la madrugada, llueven cuchillos del cielo, el trueno rueda cual moneda hacia una alcantarilla cercana, una nana suena desde una ventana dibujada en la portada de un teatro, es verano, cantan las ranas en otoño, esto es fiebre, sin dudarlo, no hay alcohol en la sangre, no hay delirios crónicos, pero si una febril actividad, no hay excusas, es tan sólo un empacho de pistachos montados en un merengue desde donde los duendes se divierten en hacerte parecer demente, que curioso, con fiebre salen de paseo extraños cuentos de invierno gestados en otoño, llenos de musarañas a quienes les gustan … ¡Que diablos! , ser ellas mismas, así de extravagantes, extravagentes, idiosincráticas y raras, tal cual, cual musarañas.

Cuando pienses en musarañas, quizá encuentres a una verde, esa es mía, recuérdalo, me la saludas, le das un beso, mil abrazos, házmela reír a todas horas, a mi se me aparece muchas veces, se me aparece cuando tengo fiebre, cuando beso, y sobre todo, sobre todo cuando amo y cuando deseo.

El recolector de bayas

El recolector de bayas

Compró en el bazar del pueblo un zurrón, unas tijeras de punta roma, unos guantes de cuero, una lupa, un bastón de madera rematado en un cayado de acero, unos botes de cristal, una hogaza de pan y un pedazo de queso de cabra artesanal y aceitado, y con tales pertrechos partió hacia … ¿Quién sabe hacia dónde? .

Dónde le llevase el otoño, donde la ciudad se hace campo y el campo soledad, donde los caminos no existen y las plantas te hablan al oído contándote los romances habidos y acaecidos en la primavera, cuando se vistieron de gala, florecieron los macizos y por toda la campiña brotaron colores sobre las ramas desnudas, arropándolas de flores, y celestinas aladas, insectos de colores, transportaban en sus cuerpos, hechos serones de almacenamiento, granitos de polen, de mata a mata, de estambre a pistilo. Rediez, otra planta preñada. Y en el dulce otoño, la tierra pare sus frutos, sin dolor, en la inmensidad del prado, libres de todo pecado, ajenos a ojos extraños. El abuelo, el abuelo no es un extraño, ya es tan familiar en el prado que las hierbas le llaman por su nombre al pasar, sus ojos ya no son los de antes, precisa lentes, pero es cabezota y testarudo hasta el hartazgo, no interpondrá nada ante su mirada excepto cuando lo necesite de veras. En la era, a la luz de día, camina mirando el suelo, es otoño, y el recolector de frutos ha salido de paseo, lleva un lápiz, una libreta pequeña y en su cabeza, el nombre de decenas de especies vegetales, cada día encuentra una nueva, una que no conocía, la dibuja, apunta el lugar donde se encuentra, la fecha, y al regresar buscará en sus libros un nombre, si no lo encuentra, él se lo inventa, le pone uno, la bautiza y ya está, forma parte de su archivo, su testamento vital, su herencia generacional, esa que le pasó su padre y a este su abuelo, pues aun recuerda aquel tiempo, sus paseos correteando tras los gigantescos pasos de su abuelo, debía correr trotando para no perderse de su lado, daba pasos de 7 leguas el viejo y él era tan chiquito que para ir a su paso debía corretear sin descanso, fue su abuelo quien le llevó y enseñó los secretos del campo, del prado, del bosque, quien le mostró los senderos del níscalo y la trufa, del cardillo y el espárrago, del caracol y la miel, pero hoy, hoy tan sólo ha salido a buscar el fruto del otoño, drupas, bayas, núculas, legúmbres, todo le sirve, todo lo clasifica, todo lo data. Ya el otoño preñado va desprendiendo sus hijos y el abuelo los va recogiendo, pues tiene un sueño, sueña con crear un mundo vegetal en la luna, si, en la luna, lleno de diversidad plenipotenciaria, variedad de especies, pluralidad pletórica de individualidades diferenciadas, no le importa que él ya sea diciembre, pues otro continuará su labor.

Es otoño, la tierra ya parió. En la luna, un día, anidará una flor.